Jesús sana al hijo de un oficial del rey

Publicado en por Hermano Jorge Jimenez A

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      Vino, pues, Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Y había en Capernaum un oficial del rey, cuyo hijo estaba enfermo.

Este, cuando oyó que Jesús había llegado de Judea a Galilea, vino a él y le rogó que descendiese y sanase a su hijo, que estaba a punto de morir. 

Entonces Jesús le dijo: Si no viereis señales y prodigios, no creeréis.

El oficial del rey le dijo: Señor, desciende antes que mi hijo muera.

Jesús le dijo: Ve, tu hijo vive. Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue. 

Cuando ya el descendía, sus siervos salieron a recibirle, y le dieron nuevas, diciendo: Tu hijo vive.

Entonces él les preguntó a qué hora había comenzado a estar mejor.

Y le dijeron: Ayer a las siete le dejó la fiebre. 

El padre entonces entendió que aquella era la hora en que Jesús le había dicho: Tu hijo vive; y creyó él con toda su casa. Esta segunda señal hizo Jesús, cuando fue de Judea a Galilea.

(Juan 4:46-54)

 

     Hermanos queridos en Cristo Jesús hoy reflexionamemos sobre la sanación de un oficial. Aquí tenemos a un diplomático que acudió a un carpintero. Jesús, por el contrario, no era más que un carpintero del pueblo de Nazaret. Además, Jesús estaba en Caná, y este hombre vivía en Cafamaún, que estaba a 35 kilómetros. Por eso le llevó tanto tiempo el volver a su casa. No se puede imaginar una historia más peregrina que la de un alto funcionario que recorre treinta y cinco kilómetros a toda prisa para pedirle un favor a un carpintero de pueblo. Lo primero y principal es que este aristócrata se tragó su orgullo. Tenía una necesidad angustiosa, y ni los convencionalismos ni el protocolo le impidieron acudir a Jesús con su necesidad. Su gesto causaría sensación, pero a él no le importaba el qué dirán con tal de obtener la ayuda que tanto necesitaba. Si queremos de veras la ayuda que Jesús nos puede dar, tenemos que ser lo suficientemente humildes para tragarnos nuestro orgullo y no tener en cuenta lo que diga la gente.

Aquí tenemos a un diplomático que se negaba a darse por vencido. Jesús le recibió con lo que a primera vista parecería un jarro de agua fría, diciéndole que hay gente que no cree a menos que se la provea de señales y milagros. Puede que Jesús dirigiera esas palabras más a la multitud que se habría reunido a ver en qué paraba todo aquello que al diplomático mismo. Es probable que hubiera muchos curiosos.  Aquí tenemos a un diplomático que tenía fe. No era fácil emprender el camino de vuelta a casa sin llevarse más que la palabra de Jesús de que su hijo se iba a poner bueno. Ahora se empieza a tomar en serio el poder del pensamiento y de la telepatía, y nadie negaría este milagro simplemente porque se realizó a distancia; pero tiene que haberle sido difícil al diplomático. Pero tenía la fe suficiente para recorrer otra vez los treinta y cinco kilómetros no llevando nada más que la palabra de Jesús para confortarle el corazón.

 

      Es de esencia de la fe el creer que lo que Jesús dice es verdad. A menudo se tiene una especie de anhelo vago de que fueran verdad las promesas de Jesús; pero la única manera de entrar de veras en ellas es creerlas como el náufrago que se aferra a lo que sea que le pueda salvar. Si Jesús dice algo, no es que a lo mejor es verdad; ¡es que tiene que ser verdad! Aquí tenemos a un diplomático que se entregó. No fue un hombre que Le sacó a Cristo lo que quería, y luego se fue y se olvidó. El y todos los suyos creyeron. No le sería fácil a él, porque el que Jesús fuera el Mesías iría a contrapelo con todas sus ideas preconcebidas. Ni le sería fácil confesar su fe en Jesús en la corte de Herodes. Tendría que soportar que se rieran y burlaran de él; y hasta que le tomaran por loco. Pero este diplomático se enfrentaba con los hechos y los aceptaba. Había experimentado lo que Jesús podía hacer, y no le quedaba más que rendirse a los hechos. Había empezado por un sentimiento de necesidad desesperada, que Jesús le había solucionado; y su sentimiento de necesidad había dejado paso a otro de agradecimiento y amor desbordante. Esa debe ser la historia de cualquier vida cristiana. 

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