Jesús atiende a una multitud

Publicado en por Hermano Jorge Jimenez A

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Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, más los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.

Mateo 9 35-38

 

Queridos hermanos en Cristo. Compartimos el corazón compasivo de Jesús, nos dejamos ganar el alma por Él. Su presencia compasiva y misericordiosa entra en contacto con nosotros y, sus sentimientos más hondos de compartir la vida particularmente con los más marginados y excluidos, forma parte de nuestro sentir interior más profundo a partir de esa cercanía suya, empática que nos permite como Él estar en el lugar donde están los que sufren y lloran y poder ayudarlos a ponerse de pie con esa decisión nuestra de en la caridad misericordiosa promocionar a nuestros hermanos y dignificar su vida desde el amor. Este es el sentido del texto que compartimos hoy, cuando leemos todas y cada una de las partes de su rica expresión, en Mateo 9, 35-38. En esos tres versículos encontramos un montón de sentimientos escondidos en estas letras que nos revelan el corazón de Jesús que viene a nuestro encuentro a familiarizarnos con ese sentir hondo, profundo, suyo, compasivo, misericordioso, al que nos invita a participar sumándonos con nuestra decisión de ser parte de su ministerio, de su servicio en compasión.

 

     Lo primero que notamos y anotamos es el recorrido de Jesús sobre ciudades y pueblos, es decir, el conocimiento de Jesús del territorio dónde define su posición geografica. Cuando una persona en el tiempo de Jesús y, hasta no hace mucho tiempo, tenía que dedicarse a dibujar una geografía y cartografiar el espacio dónde otros tenían que prestar servicio y él mismo tenía que reubicarse, ponía el cuerpo, ponía el alma en aquello y se hacía uno con ese paisaje y esas coordenadas de latitudes que indicaban el punto exacto donde la vida se desarrollaba. Jesús es un cartógrafo espléndido, tiene un mapa muy bien dibujado dentro suyo, de su territorio. Porque lo ha recorrido. El pastor, el que pastorea al pueblo, el que está llamado a sumarse en esta decisión de Jesús de ir al encuentro de los hermanos en el servicio y en el ministerio de la compasión y del consuelo, debe ser un conocedor de su territorio y de su geografía, de su paisaje. Claro, cuando uno está en este lugar de servicio se da cuenta de que es solamente con otros que lo puede hacer, si no es por convicción es por la evidencia de los hechos.  Nadie mejor que ustedes para pintarnos el mapa compasivo de tu territorio, nadie mejor que ustedes para decirnos como recorre Cristo en tu vida el territorio en el que te toca vivir, como recorrió aquellos espacios de su geografía en Palestina, para definirnos cómo y de qué manera allí se hace presente y debería hacerse presente aún más el ministerio compasivo de consuelo de Jesús. ¿Con quién se encontró Jesús en aquel territorio para anunciar la buena noticia del reino?

   Con enfermedades y dolencias, con el gentío del que estaba compadecido por el cansancio y el decaimiento que veía en ellos. Es verdad que los medios de comunicación nos pintan un panorama bastante exacto en algún sentido aunque sesgado por una determinada mirada que no es del todo completa e integral e integradora de lo que ocurre, pero esa mirada de pastor que hay en tu corazón por la presencia de Jesús en tu vida, no está en ningún otro lado sino, en tí y no hay muchos lugares como este. 

Misericordia quiero y no sacrificios. Para que la misericordia vaya, se dirija, se encarne, se haga vida en el lugar donde estás primero, hay que marcar la cartografía, dibujar en el mapa del dolor, del sufrimiento, de la pena, de las búsquedas, de las luchas, de los gozos entremezclados en un montón de dificultades de los sueños, la cartografía de tu territorio de servicio, eso queremos encontrar hoy, hay un mapa dentro de tu mirada en el territorio en el que estás con el que tu compartes la vida de todos los días, que está clamando por compasión y misericordia. Así como Jesús recorrió en su Palestina el suyo, anunciando la buena noticia, tu también recorres el tuyo.

Te invito a que lo reconozcas para que reconociéndolo y entrando en contacto con él te animes al ministerio de la compasión. en esta mañana vamos a contar con algunos instrumentos que te van a ayudar a ubicarte en presencia del consuelo que jesus tiene por la  ultitud. Consuelen a mi pueblo dice el Señor, y en ti esta esa gracia. Necesitas sencillamente saber cómo y por dónde canalizarla. Tal vez en el mundo juvenil, tal vez en el mundo de la calle, a lo mejor el mundo de la droga dependencia, tal vez el mundo laboral conflictivo, la situación de la vida familiar tan desarmada a lo mejor golpea por tu pueblo la desesperanza, el sin sentido, a esta todo igual, nada va a cambiar… Esos paisajes de dolor, hondos, profundos, concretos, son los que intentamos pintar, no para describirlos en términos crudos del dolor en sí mismo sino porque en esos lugares va el ministerio del servicio compasivo de Jesús al que el Señor quiere llamarte y al que te está invitando a comprometerte y a comprometernos con ustedes. Cómo y de qué manera, generando actitudes que nos ayuden en este sentido y por eso comenzamos a pintar el paisaje de compasión y a contar con instrumentos que nos ayuden actitudinalmente a pararnos de manera compasiva ante el doloroso paisaje en el que Jesús a través tuyo quiere caminar en el ministerio y el servicio del consuelo.

  1. El 1er requisito que se necesita para pararse frente al dolor, al sufrimiento, a la desazón como hoy lo describe Jesús en el evangelio, ese que el gentío de nuestros pueblos expresa, es la sensatez, es el primer requisito para desempeñar bien una tarea compasiva. Ser sensato.
  2. Experiencia de vida sería ser sensato. El término que se emplea en la versión latina original es “sapiens” que literalmente significa sabio. 
  3. Es el que sabe comprender, sapiens en latín viene de sapere, que quiere decir gustar, tener gusto, saber entender, tener como el pulso de lo que pasa, no sencillamente describir, no sencillamente dolernos en este caso, sino saber entender.

    El que paladea las cosas tal como son, el que no sólo reflexiona acerca de las cosas sino que desde dentro las comprende, el que sabe apreciarlas bien con sus sentidos, ese es sensato, ese tiene experiencia, conoce las cosas en la interioridad. El sabio, el que ve las cosas tal como son. Que más necesita un hacedor misericordioso, servidor del consuelo y en el ministerio de la compasión no es un saber externo, sino una sabiduría que inspira sensatez. Tiene que hallarse en contacto con la realidad, necesita gusto y sensibilidad para dar con lo que acertadamente está llamada a dar, con lo acertado, para captar la realidad. El compasivo, el ministerio de la compasión, del consuelo frente al dolor necesita la sensatez que brota de la experiencia, de el dolor consigo mismo y de la experiencia con los demás. Sensatez, sabiduría, gusto conocimiento desde dentro, primer instrumento para el ejercicio del ministerio de la compasión y del dolor.

  Un pastor de almas, debe ser un pator de consuelo, un seguidor de Jesús compasivo, uno emparentado, familiarizado con los sentimientos hondos de compasión propio del evangelio que hoy nos trae Mateo, El sintió compasión de ellos porque estaban como ovejas sin pastor, supone un maduro hombre o mujer de costumbres. Son actitudes las que estamos buscando para pararnos frente al mapa del dolor en el que nos movemos todos los días, en aquel mismo territorio se movió Jesús hace dos mil años, nosotros también nos encontramos con el nuestro, estamos intentarlo describirlo pero, no solamente lo describimos para tener nota de lo que nos hace sufrir y enredarnos en el dolor, sino que en la descripción del mismo queremos sumarle o a la descripción del mismo, actitudes como esta a la que hacíamos referencia, cuando hablábamos del don de la sabiduría, ahora de la madurez de costumbres. Maduro en algunas costumbres se necesita estar bien parado frente a lo que se vive para que los otros puedan saborear de lo que nosotros tenemos para dar. La palabra maduro, originalmente es un término agrícola, y se refiere al fruto maduro que ya se puede recoger. Sólo el fruto maduro tiene buen sabor. El fruto inmaduro sabe amargo o ácido. La tarea del compasivo pastor es justamente el desarrollo interior de la madurez humana, sólo entonces pueden gustar de él aquello a quienes Él está llamado a consolar.

 

    Consuelen a mi pueblo dice el Señor. El servidor en el ministerio del consuelo, tiene que haber madurado por medio de la lluvia y del sol y debe situarse ante todo lo que es la vida en realidad, tiene que tener experiencia de vida. la vida se madura en la vida vivida, la semilla que se encierra en su interior, al exponerse a la lluvia y al sol, al calor del día y a la oscuridad de la noche, va transformándose poco a poco. Hay una necesaria exposición a la que debemos someternos para el proceso de la madurez pero, no podemos ir de cualquier manera a ello, sino de la mano de aquel que nos guía para hacernos crecer y madurar. Maduros bajo la luz del Espíritu. Así como el fruto madura bajo la luz del sol, nosotros bajo la presencia del Espíritu que ilumina nuestra vida y saca de nosotros lo mejor. Los criterios para conocer la madurez de una persona son la paz interior, la serenidad, la manera integral de ser, la armonía con uno mismo.  El que se haya en contacto con propio interior, no deja fácilmente que nada le cree inseguridad. Es una persona vinculada saludablemente a lo que acontece dentro de su corazón, no vive para afuera, ni vive encerrado en sí mismo, vive hacia fuera desde dentro. No vive para afuera quiere decir, no está permanentemente haciendo de su vida una escena actoral, no vive encerrado en sí mismo como un topo que se esconde por debajo en la tierra. Sencillamente vive desde adentro, en contacto con sus sentiros más profundo en relación y al servicio de los demás.

   Que se haya en contacto con su propia interioridad, no deja fácilmente que nada le cree inseguridad. Sin embargo en el interior del que es inmaduro o no está aún en sazón, se deslizan formas de conductas que no hacen bien a los demás. El dolor de la humanidad es grande y el llamado a la compasión es claro. Jesús hace dos mil años, vio lo mismo que vos estás viendo en tu territorio, montón de realidades que piden nuestro ministerio del consuelo, de la compasión del servicio, de la caridad comprometida, y para eso hay que madurar, hay que crecer. Unos de los caminos a través de los cuáles la vida madura es el camino de la sobriedad, significa no estar borracho, es decir, no estar entregado a los placeres, ser razonables, obrar con reflexión. Es sobrio el que ve las cosas tal como son, el que no las falsifica por su estado de embriaguez, el que no desfigura la realidad, el que la sabe enfrentar. Cuando uno se pasó en copas, empieza a alucinar, empieza a ver lo que no es, empieza a crear una realidad, empieza a desfigurarse la realidad dentro de sí mismo.  El sobrio ve las cosas en su justa medida. Y no solamente el vino emborracha, también un exceso de vida en algún aspecto puede emborrachar, aún de las cosas más santas estamos hablando cuando no son hechas con sobriedad, con medida pueden emborrachar. Toda adicción, aún la adicción a lo religioso que llamamos fanatismo o fundamentalismo puede igualmente emborrachar, es decir puede desfigurar la lectura de la realidad.

 

     Todos los “ismos”, como consumismo, materialismo, fanatismo, todo puede terminar por hacer que el extremo nos haga perder el eje, el centro propio del que es sobrio, del que tiene la justa medida para afrontar y pararse ante la realidad. Sabiduría, sobriedad, madurez, dones que Dios da, gracias que Dios regala, búsqueda que deben estar en nuestro corazón para pararnos frente a lo que ocurre, no aislándonos de lo que pasa alrededor nuestro, ni tampoco apenándonos lastimosamente del dolor sino, para el ejercicio real del ministerio de la misericordia y la compasión a las que el Señor hoy nos llama. Son muchas las tareas que hay y hay pocos obreros, por eso estamos buscando más obreros para este servicio, el ministerio de la compasión.  Es clave para el desarrollo de una actitud madura, firme segura ante la realidad dolorida que nos invita al ministerio y al servicio de la compasión un espíritu templado. El pastor de la compasión, el servidor, el ministro del consuelo debe tener una actitud templada. Una señal de la madurez de una persona es que sepa comportarse como un hombre en el uso de las cosas. A menudo al comer se ve con suficiente claridad que dentro de nosotros se esconde muchas veces esta condición más animal que racional. Cuando al comer sencillamente nos atiborramos, estamos siendo poco razonables, que es lo más saludable que hay en nosotros y lo más distinguido dentro del reino animal al que pertenecemos. El que sabe saborear los manjares, no se hincha comiendo, goza con la cultura de la mesa, saborea en los manjares los dones bueno que Dios nos da, nos proporciona, que come con ansia los alimentos, no entra en contacto con lo que come, ni participa de la comida alrededor de la mesa. Nuestra manera de comer habla mucho dicen los psicólogos, sobre nuestras relaciones con el mundo.

    El que devora los alimentos, se devorará también a las personas, las utilizará para su propio provecho, y explotará también a la creación, lo utilizará todo exclusivamente para su propio fines, sentirá la misma avidez por el dinero y tendrá constantemente la necesidad de aumentar sus bienes y su poder. Muchas veces llegamos en la sociedad de consumo a la mesa devorando y de mucho desequilibrio frente a este comer saludablemente.Estamos heridos profundamente en el mundo sensible, atacados por una sociedad que ha hecho del uso de la publicidad, entre otros instrumentos para la introducción del mensaje del consumo, un instrumento muy delicado con el que se manipula a las personas, hiriéndolas en su condición más frágil, a través de la cual se entra en contacto con la realidad, la sensibilidad, los sentidos. Una saludable educación en la templanza es una saludable educación en los sentidos, saber elegir que ver, que oír, que oler, que tocar, que gustar.

 

    Saber seleccionar, hacer de nuestro sentido unos sentidos selectivos, y en orden a un proyecto no sencillamente a la exquisitez por la exquisitez en sí misma, sino un proyecto, saber buscar, saber mirar, saber leer, aprender a gustar y a oír. Cuando esto no está, la templanza se ve muy dañada, y hoy a la sociedad nuestra le falta esto, le falta templanza por eso las cosas pierden peso.  Una persona templada es una persona que sabe darle el peso a las cosas, que no se deja llevar por los impulsos, ni tampoco se deja amilanar frente a las dificultades, sino que en el temple la sensibilidad fortalecida por una buena noticia, encuentra su cauce justo y las malas situaciones encuentran resquicios de fortaleza de dónde afrontar, resistir lo que aparece como adversario.  Templados, corazones templados. Se necesita temple interior, razones probados en el temple interior, actitudes para pararnos frente a nuestro panorama de desaliento en el mundo en el que vivimos, como el de Jesús, el vio que estaban desalentados, caídos, dolidos, a pesar de lo mucho que había hecho por curarlos, se encontraba con un panorama y una lectura desde el pastoreo de Jesús sumamente doloroso. No es muy distinto del mundo en el que vivimos, para poder pararnos frente a este mundo, que pide presencia pastoral, como obreros que se suman a la mies, como trabajadores del consuelo y pastores de la misericordia y la compasión, tenemos que desarrollar estas entre otras actitudes, templanza, la sobriedad, la madurez, la sensatez.

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