Sunday 15 may 7 15 /05 /May 01:59

 

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Queridosismos hermanos en el Señor, los invito a reflexionar hoy sobre la Parábola del fariseo y el publicano, que son dos formas distintos de orar a Dios; veamos cual es la que le agrada al Señor... "Y Jesús dijo también a unos que confiaban de sí como justos, y menospreciaban a los otros, esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: el uno Fariseo, el otro publicano. El Fariseo, en pie, oraba consigo de esta manera: Dios, te doy gracias, que no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que poseo. Mas el publicano estando lejos no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho, diciendo: Dios, sé propició a mí pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado" (Luc. 18:9-14).

 

Esta parábola  muestra cómo el reconocimiento humilde de los pecados de una persona es más importante para Dios, que las falsas virtudes de los orgullosos. Evidentemente, el fariseo no hacía ningún mal a nadie, o sea, no era una persona mala. Sin embargo, en vez de ayudar a la gente con las buenas acciones, él cumplía con diferentes ritos religiosos y costumbres de muy poca importancia no exigidas por las leyes del Antiguo Testamento. Cumpliendo con estos ritos, él tenía una opinión muy buena de sí mismo. "Acusando a todo el mundo, él se justificaba". Gente con esta psicología no es capaz de hacer una evaluación espiritual de si misma, o sea, arrepentirse y comenzar una verdadera vida virtuosa. La esencia moral en esta persona está muerta. Nuestro Señor Jesucristo muchas veces reprendía abiertamente la falsedad de los escribas judíos y fariseos. Sin embargo, en esta parábola nuestro Señor se limita únicamente con una reprensión: "volvió el publicano a su casa justificado, antes que el otro (el fariseo)," o sea: el arrepentimiento sincero del publicano fue recibido por Dios.

 

El contexto de la oración en el Templo: La primera línea de la parábola levanta el telón del escenario y presenta de manera increíblemente sintética el lugar, los personajes y la acción: “Dos hombres subieron al templo a orar”. Jesús se refiere al Templo de Jerusalén, el que conoció en su forma monumental con las reformas arquitecturales queridas por el rey Herodes el Grande, y que en este tiempo todavía tiene algunas partes en “obra negra”. Para la mentalidad bíblica, el Templo de Jerusalén, era considerado como el lugar donde el Dios de Israel moraba de un modo especial; era un signo de la presencia del Dios de la Alianza que, sin perder su trascendencia, habita con su pueblo. El Templo era lugar de oración comunitaria y también personal. En tiempos de Jesús, muchos judíos iban al Templo con motivo de las grandes fiestas y, para los que habitaban más cerca, el lugar preferido para recitar las oraciones cotidianas sobre todo la de los sábados.  Había una convicción profunda de que éste era el lugar más propicio para ser escuchado por Dios. Así se lo había pedido Salomón –el primer constructor del Templo a Dios el día de la consagración del edificio: “Oye pues la plegaria de tu siervo y de tu pueblo Israel cuando oren en este lugar. Escucha tú desde el lugar de tu morada, desde el cielo, escucha y perdona” (1ª Reyes 8,30).

Hasta el Templo “suben a orar” sugiere un acto formal y quizás peregrinación. Se dejan ver enseguida dos personajes que el pueblo identifica con facilidad por sus comportamientos públicos: el típico santo (el fariseo) y el típico pecador (el cobrador de impuestos). dos personas. dos formas de pedirle al Señor que reciba su oración; un hombre soberbio y un hombre humilde.

¿Qué sucede al interior de la oración de cada uno de ellos? A aquellos que “se tenían por justos y despreciaban a los demás” Jesús les propone una parábola que pone en el escenario, en el Templo (=ante la presencia de Dios, que es quien determina quién tiene valor ante él y quién no), a dos personajes que representan las posturas extremas en torno al conocimiento y cumplimiento de las normas divinas: un fariseo y un publicano. 

 

La oración del fariseo: (18,11-12) La sola denominación “fariseo” ya es diciente, significa “separado”:Así se diferenciaban de los otros grupos judíos de su época: los saduceos, zelotas, esenio. Se caracterizaban por una estricta disciplina espiritual que los llevaba a tomar distancia de los otros que no seguían las normas al pie de la letra. Consideraban estar a una buena distancia física y espiritual de los “pecadores” y de todo aquello que pudiera “contaminarlos”.

Para cumplir la voluntad de Dios en sus detalles mínimos los fariseos le daban mucha atención a las obras externas. Éstas eran tantas que terminaban descuidando la actitud interna que debía acompañarlas. Terminaban poniendo su confianza, como dirá Pablo, en las “obras de la Ley”, logrando así una “justicia” –la actitud correcta que una persona debe adoptar ante Dios- por las obras, es decir, por mérito propio.La rigidez externa que descuida la actitud interna será duramente combatida en diversos pasajes de los evangelios y es una de los motivos por los cuales el movimiento fariseo no parece ser muy apreciado. Sin embargo, no hay que generalizar: no todos los fariseos eran así, en los mismos evangelios encontramos fariseos dignos de grata recordación como Nicodemo, José de Arimatea; en los Hechos se presenta al gran Gamaliel y uno de sus discípulos más famosos, Pablo, quien –ya siendo cristiano- se vanagloriaba delante del Sanedrín por haber “vivido como fariseo conforme a la secta más estricta de nuestra religión” (Hch 26,5).Los fariseos no eran los únicos a quienes se les podía aplicar el perfil de orante que aparece enseguida; pero puesto que en general el movimiento fariseo era más reconocido por su piedad externa estricta –la cual debía notarse más en ellos que en las otras personas- se ganaron el cliché que se refleja en esta parábola. 

 

Ora “golpeándose el pecho”

Se trata de un gesto de arrepentimiento que es común en varias religiones. Este gesto era muy apreciado dentro los rituales hebreos. El gesto entraña tristeza y firme voluntad de querer cambiar el corazón: Querer cambiar el corazón. El corazón “duro”, allí donde nacen los pensamientos y las acciones malas, quiere ser sometido a la docilidad a Dios. De esta manera el publicano admite públicamente (aunque no le interesa ser visto, como se vio anteriormente) que ha cometido un pecado grave. Su gesto físico –con su doble significación- muestra que el arrepentimiento es verdadero. Ora “en su interior” Esto ya no es común en una oración en el Templo. Lo habitual es recitar las oraciones establecidas en voz alta o al menos susurrándolas. Esto tiene su interés: cuando se ora en voz alta la mente puede distraerse fugazmente y aún así seguir orando. Si aquí se deja entender que ora con la boca cerrada (“diciendo en su interior”) es que hay un buen nivel de concentración, lo cual ahora que se vea el contenido indica que sabe muy bien lo que está cavilando. Su oración es una murmuración.

 

La oración del publicano: También aquí cuando decimos “publicano”, tenemos que hacer una precisión: no es el típico de su grupo. Aquí no es el típico “pecador” sino el “típico” convertido que vuelve a la casa del Padre (ver Lc 15,1-2). Su mención es familiar para los que venimos leyendo el evangelio de Lucas. Se trata de personas consideradas despreciables por su empleo al servicio del dominador romano. La manera de ganarse el cargo suponía procedimientos oscuros: era un puesto que se compraba. Por eso se veían obligados a compensar su inversión exigiendo más de lo establecido. De ahí que se ganaran correctamente el título de “pecadores” (contrarios al querer del Dios de la Alianza y la fraternidad: lejos de Dios y de sus hermanos) (ver lo que ya se ha dicho al respecto en la Lectio del 12 de septiembre pasado). El “publicano” era marginado, mediante actos de desprecio, de la vida social hebrea y sólo era readmitido cuando cumplía los requisitos. Las posibilidades de que esto sucediera eran muy pocas. El común de la gente ya estaba habituada a pensar que no había que esperar la conversión de una persona así, porque para ser readmitido plenamente en la comunidad de fe. tenía que renunciar al cargo y pagarle el 20% de intereses a todas las personas que hubiera defraudado. Con esas condiciones era prácticamente impensable la posibilidad de la conversión. ¿Cómo ora el publicano? El “publicano” llega en desventaja ante Dios ya que el fariseo lo acaba de acusar explícitamente. Pero él acude ante Dios con una actitud diametralmente opuesta a del fariseo:Ora “manteniéndose a distancia” y “sin levantar los ojos” El punto focal en el Templo es el “Santo de los Santos”, la “morada” del Señor. Con relación a éste el publicano se mantiene a distancia como un reconocimiento de su indignidad. No se siente con “derechos” ante Dios y expresa físicamente su real distanciamiento moral del Dios de la Alianza. “Levantar los ojos” en la oración significa “confianza” en Dios. Éste en cambio “no se atreve” a hacerlo: siente vergüenza de su vida pasada. 

Según el significado de estas parábolas, la persona es un ser espiritualmente caído, constantemente peca y no tiene nada para alabarse delante de Dios. Entregando su vida a Dios y con un profundo arrepentimiento, la persona debe volver al Padre Celestial, para que con Su gracia esta persona sea guiada por el camino correcto, de la misma forma que la oveja extraviada. La última se entregó a la protección y salvación del buen pastor.

 

 La lección de la parábola: Un principio general queda en la mente del creyente “Porque todo el que se ensalce, será humillado, y el que se humille, será ensalzado”. La oración de Ana, en el Antiguo Testamento, ya evocada por Lucas en el Magníficat (1,46-55) parece asomarse detrás del enunciado de Jesús: es Dios quien “enriquece y despoja, abate y ensalza” (1 Sm 24-8).Se quiere decir que delante de Dios el hombre no puede vanagloriarse de nada y que, de hecho, no está en condiciones de hacerlo (ver Isaías 40,5). El ser reconocidos como “agradables” y “dignos” en la presencia de Dios es algo que le compete a él y no a nosotros. Esto aparece claro en la conciencia profética: “Jehova, tú nos pondrás a salvo, que también llevas a cabo todas nuestras obras” (Isaías 26,12). “Yo sé, Jehova, que no depende del hombre su camino, que no es del que anda enderezar su paso” (Jeremías 10,23). Por tanto en lugar de gloriarnos de las buenas obras lo que hay que hacer es presentarse ante Dios para dejarlo ser nuestro Dios: aquél toma el barro de nuestra vida y lo moldea formando en nosotros el hombre nuevo. Es así Dios “ensalza” a su humanidad.  Queridisimos hermanos el el Señor, creo que la oración es una forma de ver como es nuestra vida de pecado; y que vision tenemos de nosotros mismos ante Dios. 

Por Hermano Jorge Jimenez A - Publicado en: parábolas cristianas
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Hermano Jorge Jimenez Arias

  • Predicador y conferencista cristiano
  • Consejería Espiritual

Textos Biblicos

"La Palabra de Dios es viva y eficas, y más cortante que toda espada de dos filos: penetra hasta partir el alma y el espiritu, las coyunturas y los tuetanos, y discierne los pensamientos y  las intenciones del corazon"

(Hechos 4:12)

 

"Pero sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan".

(Hebreo 11:6)

 

"Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redarguir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra"

(2da Timoteo 3: 16-17)

 

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